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martes, 3 de enero de 2017

Inmortal y atemporal

Cuando uno ve a Cumberbatch en la serie realizada por la BBC, lo que menos puede uno pensar es que el personaje que está interpretando fue creado en el año 1887. Sí, hace más de 120 años.

Estamos hablando del famoso Sherlock Holmes, detective contextualizado por Sir Arthur Connan Doyle en Gran Bretaña de fines del siglo XIX, que fue protagonista no sólo de una gran cantidad de cuentos, sino también de varias películas debido a su popularidad. Pero esta vez, de la mano de Steven Moffat y Mark Gatiss, entre otros directores que fueron colaborando en cada uno de los episodios, la serie nos trajo una mirada distinta a través de una interpretación contemporánea del fenómeno.

Sherlock pasó de ser un detective con aires de señor inglés antiguo, a un sujeto digitalizado, con teléfono celular, y cuyas aventuras son compartidas por su fiel compañero Watson a través de un blog como este. Entraron a jugar las redes sociales, cambiaron un poco los estereotipos que presentan las historias, pero la figura de Holmes parece en cada entrega mantenerse intacta, como si su sociopatía le permitiera aislarse de cualquier espacio-temporalidad que lo rodee.

El primero de enero se estrenó el ansiado primer episodio de la cuarta temporada. Tuvieron que pasar tres años para que semejantes actores pudieran coordinar y dar a luz una nueva entrega de la serie. Pero más allá de los actores, la producción y los increíbles guiones que adaptan tan bien el mundo que quiso ilustrar Sir Arthur, creo firmemente que lo que subyace como clave del éxito es este concepto de globalización del personaje, como un reflejo exacto de lo que pasa en la cabeza de los lectores.

A todos nos tocó alguna vez leer en la escuela al menos un cuento de Sherlock, y es de público conocimiento que no puede haber un Sherlock sin un Watson. Esta serie cumple con su objetivo porque respeta a rajatabla esta consigna que tan grabada nos quedó desde pequeños o de grandes. Cualquier situación de desapego de este par pasa a convertirse en un nudo dentro de la trama, y tanto Sherlock como nosotros sufrimos porque llegue pronto el desenlace.

Al mismo tiempo, todos tenemos una imagen mental diferente de lo que es el personaje. Todo es válido en la producción de una nueva pieza con Holmes como protagonista, siempre y cuando haya un Watson dentro de cada historia, y Sherlock luzca ese gorro tan particular sosteniendo una pipa en su mano derecha. Quizás en esta serie no recalcan estos aspectos icónicos de la apariencia más allá de cierto homenaje realizado en uno de sus episodios, pero conserva la personalidad única e inconfundible que tiene este detective.

Siento que van a pasar los años, y la gente va a seguir leyendo los cuentos de Sherlock Holmes, comprendiendo al 100% la lectura. Otro personaje del estilo que no hubiese sido concebido de forma tan impecable como lo hizo Sir Arthur Connan Doyle con Sherlock Holmes, hubiese sido un incomprendido.

Lo que logró este escritor con tan clara narrativa es crear un ícono, un personaje inmortal y atemporal que podrá ser interpretado en cualquier contexto que nunca va a quedar desubicado, así como tampoco logró corromper al personaje un contexto tan simbiótico como la contemporaneidad. Total, él tampoco va a tener la intención de mezclarse con la sociedad. No va a dejar nunca de ser el irónico, inquieto y sociópata Sherlock Holmes.




Gracias por leerme, hasta la próxima nota!

Goshi.

domingo, 30 de octubre de 2016

"Otro domingo sin GoT"

Existen varias clases de seriéfilos. 

Por un lado, tenemos al sujeto que está pendiente del estreno de la última serie y se mira capítulo a capítulo, semana tras semana en forma de ritual. Esta persona tiene todas las suscripciones necesarias contratadas y con el pago al día dado que es incapaz de perderse un sólo capítulo. Para este sujeto no existen los domingos a la noche. Cualquier otro plan que surja es cancelado y no hay prioridad mayor durante esa hora que la de estar sentado frente al televisor con el corazón en la garganta por saber lo que va a pasar. Espera año tras año el estreno de la temporada con tanta ansiedad que hasta puede ser capaz de contar los días que faltan.

Pero también están los desafortunados que por X o por Y no pueden ver la serie ese mismo día o a esa hora. Estos son campeones olímpicos en esquivar spoilers. Están atentos a la serie durante las primeras horas desde que estrenó el capítulo y al mismo tiempo no quieren saber nada de lo que ocurrió. Saben perfectamente a qué hora y en qué minuto exacto está disponible por internet para verla lo antes posible en una carrera contrarreloj contra el gil que ya lo vio y no puede controlar sus dedos en publicar una opinión de lo que pasó o llorar por Twitter por el que se murió. Y si no lo saben, lo averiguan, pero no pierden tiempo porque saben que el peligro del spoiler es inminente.

En tercer lugar, está aquel que espera a que termine una serie para engancharla por Netflix o bajarla por torrent y le dedica exclusivamente una o varias tardes para mirarla en formato maratón. Este es un perfil más relajado, no aguanta la ansiedad del semana a semana y prefiere ver la serie de un tirón. 

Sinceramente, envidio a esta tercer clase de seriéfilo. Se toma su tiempo para mirar una serie y cada vez que lo hace se sumerge en una especie de nirvana que lo transporta por varias horas a otro mundo como ocurre al momento de leer un libro. 

Yo, en cambio, me considero de la primer clase, no sólo con las series sino también con el cine. Me cuesta mucho ver una película cuando la sacan de cartel, y con las series me cuesta mucho encontrar el momento para sentarme y disfrutarlas como me gustaría. Es por ello que prefiero el ritual del estreno, estar ahí, en el momento.

Con la última temporada de Game of Thrones me tomé este ritual muy en serio. Todos los domingos nos juntábamos en casa con varios amigos tipo 9 de la noche, con el tiempo suficiente para preparar una rica cena y dejar todo listo a las 10 para estar ya sentados sintonizando HBO. Teníamos una regla muy clara: al que llegaba una vez comenzado el capítulo no le abríamos, por lo que varias veces tuve que correr en el ascensor 21:59 rogando que no me perdiera alguna escena por culpa del impuntual.

Mi casa no era la única anfitriona. Tengo varios amigos que se juntaban por su cuenta en la casa de uno o de otro con el mismo fin, con los que luego de terminar el episodio cruzábamos intensos debates por whatsapp sobre lo que acababa de ocurrir y nos compartíamos una infinidad de memes que salían a la luz.

Si uno se lo pone a pensar, en el momento de estreno de cada capítulo de una serie como Game of Thrones habría cientos y cientos de hogares cumpliendo el mismo ritual de manera simultánea, como si toda una comunidad se juntara a ver lo mismo en diferentes lugares. Muy loco, ¿no?

Sonará increíble, pero no es la primera vez en la historia que ocurre un fenómeno parecido.  

En 1920 los Locos de la Azotea fueron los encargados de la primera transmisión de radiodifusión en la Argentina. Los aparatos eran caros, difíciles de conseguir, por lo que algunas familias se juntaban en diferentes casas para escuchar los programas que se emitían. La radio se convertía también en una excusa para unir a la familia escuchando las radionovelas en torno a la radio que se ubicaba en medio de la sala. Se generaba un clima de comunión ameno que antes de la aparición de la radio no existía más que en las tertulias o los almuerzos de familia. 

Luego ocurrió lo mismo con la televisión. Los programas tenían un horario fijo en la semana y la limitación de las nuevas tecnología hacía que la gente se juntara para compartir ese momento. No había un medio accesible que grabara esos programas para verlos luego de su emisión en vivo. A lo sumo, se repetían en otro horario para llegar a más televidentes y oyentes. 

Hoy en día, tenemos la posibilidad de consumir ciertos programas de radio como de televisión en diferido, subidos en diferentes canales y compartidos de forma masiva por medio de Internet. Lo que aún conservamos, es esta especie de ritual por conseguir la primicia de lo ocurrido en nuestra serie favorita.

Internet, además, favoreció este fenómeno gracias a la nueva "cultura del spoiler". Todo el tiempo estamos conectados a través de las redes sociales con gente de todo el mundo que publica opiniones de lo ocurrido en cada episodio, en cualquier momento y lugar. ¿Falta de solidaridad con el otro o está en todo su derecho? ¿Hay gente que lo hace a propósito? Esto corresponde a otro debate, pero sabemos que si no estamos al día nos podemos llegar a perjudicar y perdernos la magia de la sorpresa. ¿De qué manera podemos evitarlo? Verlo lo antes posible, si se puede el mismo día mejor, o alejarnos 100% de las redes sociales que hoy en día es casi imposible. 

Muchos nos respaldamos en estos rituales, como si volviéramos al 1920. Nos refugiamos en la casa de aquel que tiene HBO, o una buena conexión a internet para verlo en streaming. Al fin y al cabo, es una buena oportunidad para juntarnos, para vernos con amigos o en familia como hacían en aquellas épocas en las cuales Netflix no existía.

Hoy, para mi, es "otro domingo sin Game of Thrones", y más que esperar la próxima temporada para ver qué pasa con Jon Snow estoy más ansiosa por juntarme con mis amigos para otra vez estallarnos de risa, enojarnos, comer (importantísimo) y llorar juntos.





Gracias por leerme, espero que les haya gustado! 

En esta oportunidad quiero también leerlos a ustedes en los comentarios: ¿Qué clase de seriéfilo son? ¿Qué opinan de los spoilers? ¿Cuál es la serie que más les gustó de las que vieron hasta ahora?

Nos vemos en la próxima nota!

Goshi.